Etapa Rabanal del Camino-Ponferrada del Camino de Santiago que www.infocamino.com pone a su disposición. Para acceder a esta información pulse aquí

La etapa nos traslada de una comarca con una impronta especial y una personalidad propia como La Maragatería a otra de similares características, El Bierzo. También abandonamos hoy la meseta que durante tantas jornadas hemos recorrido para alcanzar el valle del Sil y saborear los primeros acentos de Galicia. Para ello debemos superar la dificultad orográfica más alta del Camino Francés, el puerto de Foncebadón, antiguo Monte Irago. Más que en el ascenso, la dificultad estriba en su largo y complicado descenso, con cuestas muy empinadas y firme en mal estado en algunos tramos que coinciden con torrenteras. Esto nos puede provocar agujetas, tirones musculares, dolores de rodilla e incluso esguinces. Los ciclistas deberán prestar especial atención al estado de los frenos y a pavimentos mojados.

Aldeas abandonadas, pintorescos personajes como el hospitalero de Manjarín, hermosos paisajes, revitalizantes brisas de montaña y uno de los hitos más emblemáticos del Camino, la Cruz de Ferro, jalonarán nuestro recorrido hasta concluirlo en la industrial, histórica y templaria Ponferrada.

Nada más abandonar Rabanal del Camino iniciamos el ascenso al puerto de Foncebadón. La subida es tendida, no especialmente dura y todavía las fuerzas están frescas, no debe preocuparnos en exceso. Profundos y umbrosos valles regados por arroyos y quebradas a nuestra izquierda y el roble, el matorral y numerosas fuentes de agua prístina, entre ellas la del Peregrino, a nuestra derecha acompañan nuestro ascenso hasta el primer poblado que encontramos, FONCEBADÓN. Caserío abandonado, sus ruinas son fiel reflejo de un pasado vinculado a la ruta jacobea, que empieza a pagar su deuda con el pueblo fomentando su recuperación (ya podemos encontrar un albergue y un par de establecimientos hosteleros).Estas ruinas, la fuente y el campanario recuerdan que aquí el ermitaño Gaucelmo, ya en el siglo XI, fundó una comunidad, un hospital y una iglesia para atender a los peregrinos.

Un último tramo de ascenso rodeados por verdes prados cercados por muros de piedra y vegetación arbustiva y llegamos a la Cruz de Ferro, situada a escasos metros de la cima del puerto. El monumento es una sencilla y oxidada cruz de hierro colocada sobre un mástil de roble de cinco metros de altura, todo ello sobre un montículo de cantos y guijarros, producto de la milenaria costumbre de peregrinos y viajeros de arrojar una piedra al pie de la cruz para solicitar protección en el viaje. Considerado un altar prehistórico y un ara consagrado por los romanos a Mercurio, deidad de las encrucijadas y caminos, Gaucelmo colocó la primera cruz. La costumbre descrita ha despoblado de guijarros los alrededores, por lo que hemos de cargar alguno desde unos metros antes. Últimamente los peregrinos han adoptado la costumbre de colocar sobre el montículo efectos personales como fotos, notas escritas, prendas u objetos traídos desde sus lugares de origen en sustitución de la tradicional piedra. Igualmente hoy encontramos en sus cercanías una pequeña ermita de reciente construcción.

Coronado el puerto, si la niebla no lo impide, nuestra vista se pierde ante la impresionante panorámica que se nos presenta. Junto a nosotros, el mítico y terrible monte Teleno. Al frente El Bierzo, un gigantesco cono invertido rodeado de estriados muros e innumerables picos. Y bajo esta belleza, la riqueza mineral que motivó su colonización. Tradicional destino de rebaños trashumantes desde hace miles de años, su sector agrícola se centra en la producción del vino berciano, fruto de las viñas que adornan multitud de terrazas de sus abruptas lomas.

A penas a dos kilómetros de iniciado el descenso, encontramos el caserío abandonado de MANJARÍN. Su único habitante ofrece al peregrino cobijo básico y amena conversación, y cuando el manto de la niebla cubre el puerto toca una campana para orientarlo.

Seguimos la carretera que con sus grandes eses suaviza la pronunciada pendiente hasta entrar en la empinada Calle Real de EL ACEBO, formada por las típicas construcciones bercianas en piedra con tejado de pizarra y amplias terrazas o solanas de madera con acceso independiente desde la calle mediante escaleras de piedra. Sus vecinos gozaron durante siglos de la exención del pago de impuestos a cambio de la colocación de 400 pares de estacas para señalizar la ruta en las nevadas laderas del puerto durante los meses de invierno.

Desde El Acebo podemos tomar un corto desvío a la izquierda que, tras un empinado descenso, nos conduce a la Herrería de Compludo. Tiene categoría de Monumento Nacional y su origen se pierde en el tiempo. La voluminosa maza, movida por las aguas del Miruelos, golpea el mineral mientras el efecto del aire mantiene vivas las ascuas. Tierra (mineral), agua, aire y fuego, los cuatro elementos se conjugan para la transformación de la materia.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta El Acebo. El monumento en recuerdo a Heinrich Klause, peregrino fallecido en accidente ciclístico, nos despide del pueblo. Reiniciamos el descenso hacia RIEGO DE AMBRÓS, colgado en la ladera y rodeado de castaños. Más bajada hasta MOLINASECA, uno de los pueblos más hermosos del Camino y final del descenso del puerto. A la entrada encontramos el Santuario de la Quinta Angustia. Los segadores gallegos que acudían a la siega en Castilla tenían la costumbre de arrancar lajas de sus puertas de madera y colgar aquí sus hoces al regreso. Esta costumbre, imitada por los peregrinos, obligó a revestir sus puertas de metal. Su puente medieval y su Calle Real, con casas blasonadas, la casa-torre de doña Urraca y el palacio de los Balboa amenizan nuestra travesía y la ermita de San Roque nos da la despedida del pueblo.

Un breve recorrido hasta Campo, donde nos refrescamos en su fuente medieval para realizar el último esfuerzo y alcanzar el Puente Mascarón que nos franquea la entrada a PONFERRADA. En la ciudad son visita obligada la Casa Consistorial, la Torre del Reloj y el monumental Castillo del Temple, declarado Monumento Nacional. También el santuario de la Virgen de la Encina cuya imagen, según cuenta la leyenda, fue traída de Tierra Santa por Sto. Toribio en el siglo V, escondida en una encina para protegerla de los musulmanes y hallada por los templarios mientras cortaban madera para su castillo.

Múltiples excursiones se pueden realizar desde este municipio. El Valle del Silencio, Las Médulas, Los Ancares o los conjuntos de pallozas del valle del Burbia son algunos ejemplos.

Para reponer fuerzas, el típico botillo, plato a base de embutidos preparados con el rabo, costillas y maxilares del cerdo, combinado con patatas cocidas y verduras. También es afamada la cecina de vaca y desde luego para regar lo anterior el recio vino berciano.