Etapa Burgos-Castrojeriz del Camino de Santiago que www.infocamino.com pone a su disposición. Para acceder a esta información pulse aquí

Abandonamos Burgos dejando atrás el Hospital del Rey para adentrarnos en la travesía de las llanuras esteparias castellanas. Las montañas dan paso a las llanuras cerealistas dominadas por una dura climatología. Su clima es muy frío en invierno, excesivamente caluroso en verano con súbitos y fuertes descensos de temperaturas en el anochecer y noches frías. Estos bruscos cambios de temperatura son los que provocan la condensación nocturna permitiendo la vida a pesar del insignificante nivel de precipitaciones.

Alcanzamos así la villa de TARDAJOS, de tradición caminera al estar situada en la ruta jacobea y desde antiguo en la calzada romana Julióbriga-Clunia. Se levanta en una colina sobre los restos del castro romano de Augustóbriga y en la Edad Media contó con albergue y fue paso clave de la peregrinación antes de afrontar el desolado páramo burgalés.

El hoy saneado valle del Urbel nos abre paso a la siguiente población y en sus tiempos fue un tramo difícil para el peregrino por la ciénaga de lodo que formaban las crecidas de este río. Prueba fehaciente de esta dificultad es la popular coplilla a que dio lugar este paso y que reza así:

"De Rabé a Tardajos, no te faltarán trabajos;
De Tardajos a Rabé, ¡libéranos Dominé!
"

RABÉ DE LAS CALZADAS hace referencia en su nombre a su antiguo señor, mozárabe, y a formar parte de las calzadas romana y jacobea. Se sitúa en la vega del Arlanzón, llanura cerealista surcada por arroyos que corren entre chopos y sauces, y su conjunto urbano muestra recias casonas en sillares calizos perfectamente estructuradas en calles anchas y agradables para pasear.

En Rabé iniciamos una larga y suave ascensión superando la ladera que cierra el valle para llevarnos a una extensa meseta ondulada y cultivada, de tierra blanca y muy pegajosa cuando está mojada. Antes de coronar la ladera nos tropezamos con la Fuente de Prao Torre, con bancos acondicionados para nuestro descanso mientras aprovechamos las frescas aguas que el manantial nos ofrece.

Coronado el páramo, descendemos hacia el valle del Hormazuela y, a través del bosque ribereño del río, alcanzamos HORNILLOS DEL CAMINO. Según la leyenda y los cantares de gesta franceses, en este punto encontró Carlomagno un horno a la orilla del río y mandó cocer pan para su ejército. Un camino franqueado por álamos nos lleva a una nueva meseta donde encontramos una granja de perdices, lugar ideal para tomar contacto con la avicultura y punto de encuentro de aves rapaces como el cernícalo, el milano y el águila que rondan a la espera de que alguna perdiz consiga romper el cerco que las cuida.

Descendemos al valle de Sambol, estrecho, sinuoso y rodeado de suaves colinas que permiten su cultivo. A orillas del arroyo encontramos el albergue, muy austero para los tiempos que corren. La tradición establece que, si queremos llegar sanos a Santiago, hemos de lavarnos en el manantial que surge junto a las ruinas de San Bol, escondido en una frondosa arboleda.

HONTANAS surge ante nosotros de improviso, rodeado de cerros agrestes y tomamos la única salida hacia el arroyo Garbanzuelo. Nuestro avance sigue el trazado y tipología medieval y se ve interrumpido por las ruinas del monasterio de San Antón. Durante siglos éste fue un centro quirúrgico atendido por la Orden de San Antonio, cuyos miembros exhibían una "Tau" griega en sus hábitos. A esta letra desde la antigüedad clásica se le atribuyeron poderes curativos, y de hecho la Orden se especializó en la cura de la erisipela, mal de San Antón o "fuego sacro", afección gangrenosa provocada por un hongo del centeno y que hizo estragos entre la población del centro y norte de Europa durante la Edad Media. Para curar la enfermedad, los antonianos no dudaban en amputar los miembros contagiados. Los peregrinos curados enviaban exvotos representando sus miembros sanados que se exponían a la entrada del monasterio. De ahí surgió la leyenda negra que acusaba a los monjes de seguir la macabra costumbre de exhibir miembros humanos a la entrada de sus Monasterios. Estas prácticas, mal vistas por la Iglesia, llevaron a la definitiva disolución de la Orden, acusada también de custodiar los tesoros de la Orden del Temple tras la disolución de ésta.

Desembocamos por fin en el valle del Odrilla, amplio y rodeado de montes de cresta plana entre los que se encuentra el cerro CASTROGERIZ, coronado por las ruinas del castillo que vigilan la localidad que se extiende por la falda meridional. Del esplendor medieval de esta población nos queda un impresionante conjunto histórico, monumental y artístico en el que destacan las iglesias de San Juan y Santo Domingo, el Palacio de los condes de Castro o la espectacular Colegiata de la Virgen del Manzano o de Almazán, magnífico edifico gótico que custodia una preciosa talla de la Virgen (siglo XIII) e innumerables obras de artistas como Mengs, Broncino o Carduccio.

En definitiva, larga etapa cargada de historia, leyenda y tradición que podemos dividir en dos, ya que existen albergues en todos los pueblos e incluso en descampados como San Bol o San Antón. Esto nos permitirá disfrutar con mayor tranquilidad de toda la riqueza cultural y artística de la zona.