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La cálida tarde caía sobre el claustro de la iglesia de San Pedro de la Rúa en Estella. Me encontraba frente a la apartada y pequeña tumba que guarda los restos del infante Teobaldo, heredero del trono de Navarra que murió al caer de las almenas del castillo de Estella allá por el año 1.273. Su ama de cría, que estaba a su cuidado en esos momentos, saltó tras él, unos dicen que con el fin de darle alcance y salvarlo y otros que huyendo del castigo del Rey su señor, encontrando también la muerte.
Tal vez fue el embrujo del entorno, tal vez la tranquilidad del ambiente, quizás simplemente fue la copiosa comida; el caso es que no pude ni quise luchar contra la somnolencia que me embargaba. Supongo que me dormí dándole vueltas a aquellos lejanos acontecimientos. Ahora les contaré lo que soñé. El esbozo de una taimada sonrisa asomaba al contundente rostro de Felipe, llamado el Atrevido, rey de Francia. Cuando terminó la lectura del pergamino dejó que éste se enrollara y lo echó a la hoguera que crepitaba luchando por entibiar la fría estancia que servía como despacho privado del monarca. Durante un rato permaneció con la mirada perdida entre el juego de las llamas concentrado en sus pensamientos. Súbitamente volvió a la realidad y dirigió su rostro hacia el joven que permanecía de pie en actitud respetuosa.
A penas unos meses después Guy ya se encontraba al servicio de Don Pedro Sánchez, señor de Cascante, jefe de los navarros partidarios de la alianza con el reino de Aragón. Como buen occitano, el joven Guy tenía un talento natural para la trova. El verso no tenía para él misterio alguno y dominaba la técnica poética con maestría por lo que, bajo el disfraz de trovador que amenizaba a los peregrinos en el Camino de Santiago, entró y se asentó en el reino de Navarra. Frecuentó tabernas y timbas, tugurios y burdeles, iglesias y hospitales de peregrinos, monasterios y posadas. Y así, cantando, recitando, invitando a jarras de vino y grasientos estofados poco a poco fue haciendo multitud de amigos y conocidos. Escuchando mucho, bebiendo poco y hablando menos recogió cantidad de información. Fue así como se enteró de quién era el jefe del partido aragonés en Navarra y de cómo pretendía a cierta dama que lo rechazaba sin compasión. Fue así como se enteró de la fecha de cumpleaños de la dama en cuestión y, dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le presentaba, ese día la abordó camino de la iglesia y recitó el más bello poema que se había escuchado en el reino desde hacía muchos años cantando las virtudes de don Pedro y los atributos de la dama. Al parecer el poema tuvo buena acogida porque no pasaron muchos días hasta que un sirviente de don Pedro fue a buscarlo a la posada. Así entró a su servicio y el resto fue coser y cantar. Aprovechando sus conocimientos, sabía nada menos que leer y escribir en cuatro idiomas, y su simpatía y talento para la diplomacia de inmediato se convirtió en uno de los confidentes de su señor. Don Pedro y el joven Guy extendían sus manos hacia la chimenea intentando entrar en calor. Los gruesos muros de piedra de la casona solariega los protegían del frío viento que aullaba en el exterior arrastrando volutas de nieve que llegaban de la cercana sierra. El señor no parecía encontrar una postura cómoda en el escabel de roble. Levantándose, se dirigió al joven Guy.
- ¿Volando, eh? Volando, volando…Señor, un peregrino me habló de cierta anciana que habita en el nacedero del río Nekeas. Al parecer practica las ciencias ocultas y él me contó que fue testigo de cómo la bruja conseguía dominar a lobos y osos. Si usted me autoriza, tal vez podría hablar con ella, sin mencionarlo a usted por supuesto, para ver si puede ayudarnos. Con las lluvias primaverales y el deshielo, llegó el momento de acudir a la guarida de la bruja. Guy tuvo que repetir la visita ya que en la primera ocasión no había conseguido entenderse con la anciana, que sólo hablaba el enrevesado idioma que usaban los navarros del pueblo llano. Esta vez había llevado consigo a un sirviente que oficiase de traductor.
Guy había entregado una libra de oro y acordado que la otra se pagaría una vez realizado el trabajo. A media jornada del nacedero había degollado al sirviente y lo había arrojado al río. No podían quedar testigos. La anciana había dicho que el primer día soleado después de la luna llena una tragedia azotaría el castillo de Estella. Guy se encontraba desde el amanecer apostado en las inmediaciones esperando los acontecimientos. A media mañana observó al ama de cría paseando por las almenas con el príncipe en brazos. De pronto una manada de cuervos llegó volando a espaldas del ama. Las negras aves comenzaron a acosarla y empujarla contra el borde de las almenas arañándola con picos y garras. Guy contemplaba los desesperados gestos de la mujer mientras luchaba por proteger al niño. Fue imposible. Al fin los cuervos consiguieron que el niño se desprendiese de los brazos protectores y volase hacia el vacío. El ama, en su desesperación, saltó tras él y los cuervos se alejaron en silencio. El día de la boda de la infanta Juana de Navarra con Felipe el Hermoso, heredero del reino de Francia, Guy estaba exultante. Después de tantos años, se culminaba su obra. Lo había conseguido y, para más sorna, el reino de Aragón había corrido con los gastos. Por fin recibiría el pago por sus servicios y disfrutaría del señorío con que Felipe el Atrevido iba a recompensarle. |