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Corría la mitad del siglo XII cuando Aymeric Picaud, probablemente por encargo del Papa Calixto II, recorría el Camino de Santiago redactando el Líber Sancti Iacobi o Códex Calixtinus, la primera Guía para Peregrinos de las muchas que desde entonces se han escrito. Me encontraba enfrascado en su lectura cuando me sorprendió el siguiente párrafo:
"Junto a un lugar que se llama Lorca, por su parte oriental, corre un río que se llama Salado. Una vez allí, guárdate de beber y de que beba tu caballo de él, porque es un río mortífero. Cuando nos dirigíamos a Santiago, nos encontramos con dos navarros sentados a su orilla, afilando los cuchillos con los que solían desollar a las bestias de los peregrinos que habían bebido de las aguas y muerto. Cuando les preguntamos, nos respondieron mintiendo que el agua era sana y potable. Dimos de beber a nuestros caballos, y al momento cayeron muertos dos de ellos, que fueron desollados allí mismo." Cuando me di cuenta, el manto de la noche envolvía la ciudad. Había pasado media tarde perdido en conjeturas. ¿Qué habría ocurrido en realidad? Les contaré mi versión. Don Miguel había sido nombrado por el señor de aquellas tierras para mantener el orden, impartir justicia y recaudar los impuestos en Lorca. Descansaba protegido de los últimos rayos del sol aquella calurosa tarde estival a la sombra del árbol frente a la iglesia mientras apuraba su cuenco de vino y observaba con ojos entornados al resto de los vecinos que conversaban animadamente. La plática, como en tantas ocasiones, discurría entre lamentos sobre los escasos ingresos de que disfrutaban los campesinos y la cantidad de obligaciones que debían afrontar. Más concretamente, la viuda Inés se quejaba de que los peregrinos pasaban de largo por el pueblo y a penas nadie se beneficiaba del incesante transitar de gentes que venían bien aprovisionadas de Puente la Reina. La verdad es que tenía razón. Los pueblos y villas cobraban derechos de paso por los puentes, los tenderos y artesanos vendían todo tipo de productos a los concheros, las posadas se llenaban de gentes comiendo y bebiendo, incluso los sacerdotes vendían reliquias de todo tipo. Pero en Lorca… en aquel pequeño poblado que a penas producía vino no había tiendas, los peregrinos ricos daban de beber a las cabalgaduras en el río mientras devoraban a sus orillas las viandas adquiridas en Puenta la Reina y, vadeando fácilmente la corriente, seguían su camino sin dejar un mínimo beneficio. Las noticias llegadas de Pamplona hablaban de la presencia en el reino de un franco con el importante encargo papal de redactar una especie de guía para los peregrinos; se suponía que para los ricos, los únicos que sabían leer y podían permitirse hacer copiar un libro. Todos los lugares y villas estaban engalanadas y se preparaban para agasajar al visitante buscando la forma de promocionarse en la guía. A don Miguel le parecía una idea descabellada, pero tenían que intentarlo; al fin y al cabo los ricos eran los que dejaban dinero, y a más dinero más impuestos. Pero no caería en la trampa. Conocía a los francos, había luchado con ellos y contra ellos. Eran altivos, se creían superiores y recibían las atenciones como si fuese lo natural y obligado para el resto de los pueblos. Además eran astutos y desconfiados, difíciles de engañar. Don Miguel promocionaría Lorca, pero lo haría a su modo. Levantándose, hizo una discreta seña a Cosme, su joven ayudante, y se apartaron un tanto. Un rato después, el muchacho salía hacia Puente la Reina cargado con su zurrón y lo que parecía un bulto de grano. Bernardo llevaba varios años al servicio del obispo de Pamplona y había sido encargado por éste de acompañar a don Aymeric Picaud y servirle como guía, traductor y en cuanto fuera menester durante su tránsito por tierras navarras hasta más allá del río Ebro. Le había acompañado durante unos días, los suficientes para darse cuenta del desprecio que el franco sentía por los navarros, a los que acusaba incesantemente de sucios, malvados, crueles, pendencieros e impíos. En opinión de Bernardo estos injustificados improperios sólo eran manifestaciones del resentimiento motivado por el recuerdo de que siglos atrás, en las inmediaciones de Roncesvalles, los navarros habían vapuleado a las tropas del héroe nacional de los francos, el emperador Carlomagno, matando entre otros al gran guerrero Roldán. El cantar del agua corriente sacó a Bernardo de sus meditaciones. Tras el siguiente recodo del camino vislumbraron el río Salado, así llamado por su agua de extraño sabor aunque potable. Se acercaba el momento de la verdad. A orillas del río dos lugareños ataviados con las tradicionales faldas y capas con capucha, todo de paño oscuro, afilaban sus cuchillos y con gestos amistosos invitaban a los recién llegados a sentarse y reponer fuerzas. Todo transcurría tal y como se había acordado. Bernardo charló con los paisanos un momento en su lengua y se acercó a Picaud para comunicarle que según ellos el agua era potable pero que le aconsejaba ser muy cauto. Como esperaba, un gesto de desconfianza cruzó el rostro del franco. Éste ordenó que diesen de comer y beber a los caballos mientras los hombres esperaban. Bernardo casi se marea del alivio. Había pasado el peligro y todo acabaría bien. Descolgó el saco de grano y suministró unas generosas raciones que no tardaron en ser devoradas. Luego los animales saciaron su sed en el río. No tardaron en mostrar síntomas de inquietud que pronto degeneraron en violentas contorsiones acompañadas de escalofriantes relinchos hasta que murieron en medio de espantosos espasmos. Los lugareños estallaron en carcajadas y se abalanzaron sobre los cadáveres comenzando inmediatamente a desollarlos. El franco maldecía, pataleaba y golpeaba los troncos de los árboles con los puños. Pasado el ataque, ordenó seguir hasta el pueblo donde se detuvieron sólo lo necesario para calmar la sed con un cántaro de vino y comer algo de lo que traían. Luego siguieron rumbo a Estella, habitada por francos y donde Picaud esperaba encontrar algo de la tan añorada civilización, buena comida y monturas nuevas. Habían pasado veinte años desde estos hechos y ahora Bernardo se acercaba a Lorca, donde se encontraría con su viejo amigo Cosme, aquel muchacho que había sido ayudante de Don Miguel. Recordaba la primera vez que se vieron en la penumbra de la taberna de Puente la Reina. Cosme le había ofrecido dinero por tender una trampa el día siguiente al famoso Picaud. Sus sentimientos hacia el franco habían allanado el camino. Así que había tomado el dinero y el grano envenenado que Cosme le entregó y en la madrugada había llenado el saco del alimento de los caballos con el dañino cereal. Luego todo había salido a pedir de boca. Ahora los peregrinos conocían la historia de Picaud y pagaban por abrevar a los caballos en el pozo del pueblo. Los hombres generalmente ni siquiera se atrevían a probar el agua del pozo y preferían comprar un jarro del excelente vino local. Incluso los peregrinos pobres seguían esta práctica, ya que los juglares habían difundido versiones cantadas de los hechos. Y Lorca prosperaba. Cosme levantó la vista y distinguió la conocida silueta de su viejo amigo Bernardo. Corrió a su encuentro y se fundieron en un cálido abrazo. Se miraron y estallaron en sonoras carcajadas, como siempre que se veían. Agarrados de los hombros se encaminaron hacia la taberna de la ya anciana viuda Inés, donde nunca faltaba una jarra de vino obsequio de la casa para sus viejos y astutos benefactores. Brindaron en recuerdo del difunto Don Miguel y del taimado franco al que habían engañado. |