Un duelo muy singular
Entre Cirauqui y Mañeru un crucero señala el punto donde según la tradición se celebró un curioso reto entre dos ancianas, una en representación de cada pueblo, para dilucidar una cuestión de lindes entre ambos términos. Sentado a la sombra, contemplaba el paso cansino de los numerosos peregrinos que pasaban por el lugar mientras meditaba sobre la leyenda y dejaba volar mi imaginación.

Guillermo de Caspe, Comendador de la Orden del Temple en Navarra, debía visitar las posesiones de la Orden en Mañeru. El administrador de la granja, un joven y ambicioso caballero templario llamado Richard de Brie, le había comunicado el surgimiento de serias desavenencias con los vecinos de Cirauqui a cuenta de una disputa por la delimitación de los linderos entre ambas localidades. La incapacidad del joven Brie para solucionar la discrepancia confirmaba la pobre opinión que el Comendador se había formado sobre su subordinado, al que consideraba soberbio, petulante y caprichoso.

Viajaba desde Torres del Río acompañado de su escudero y a su paso por Estella se unió a la comitiva del obispo de Pamplona, que regresaba a su sede después de una visita a la ciudad del Ega. En amena charla recorrieron ambos el trecho hasta Mañeru, a donde llegaron cuando caía la tarde. El Comendador invitó al obispo a pasar la noche en la granja y ordenó de inmediato acondicionar una habitación para el prelado en el único edificio de piedra, aparte de la capilla, con que contaban las instalaciones.

Después de la frugal cena a base de verduras de la huerta propia y pescado salado, los caballeros templarios celebraron consejo sobre la disputa surgida con los vecinos de Cirauqui sin llegar a encontrar una solución que ofreciese garantías para las dos partes. Al Comendador se le ocurrió entonces que el obispo podría realizar una labor de mediación y así se lo propuso. El obispo, que había bendecido y presenciado el consejo, intervino haciendo gala de su proverbial espíritu jovial que tanto contrastaba con la solemnidad de su cargo.
    - Disculpadme, señor Comendador, pero comprenderéis que este siervo de Dios no dispone libremente de su tiempo. Importantes y urgentes ocupaciones requieren mi presencia inexcusable en Pamplona, pero os propongo una cosa. Os propongo un Juicio de Dios. Pero no os asustéis, mi querido Comendador, no hablo de duelos a muerte, combates ni hierros candentes. Si os he entendido bien, tanto la Orden como los vecinos de Cirauqui desean esos terrenos para sembrar las nuevas vides traídas por los monjes de Cluny y cultivarlas de acuerdo con sus novedosas técnicas. Pues que Dios decida quién debe hacerlo. Que cada parte elija un campeón dispuesto a beberse un cántaro de vino y quien antes lo apure hasta la última gota dispondrá de los terrenos en litigio.

La sonrisa del obispo dividía su orondo rostro, que hacía honor al sobrenombre de Hogaza con el que era conocido por sus feligreses menos piadosos. Por su parte, el rostro del Comendador expresaba que la idea le parecía una locura, pero no se atrevía a desairar al obispo. Débilmente se opuso alegando que a los caballeros templarios no se les permitía abusar del vino, lo que regocijó aún más al obispo que exclamó:
    - ¡Perfecto! Así será más divertido. Desde luego, tenéis razón, comendador. Pero la Orden tiene sirvientas, algunas de ellas ancianas. Elegid una que os represente y que los habitantes de Cirauqui hagan lo propio, ja, ja, ja. Ojalá yo pueda estar presente, ja, ja.

Juanita todavía no era mujer pero ya llevaba más de un año al servicio de los templarios, tiempo más que suficiente para haber acumulado toneladas de resentimiento y desprecio por el administrador, el extranjero llamado Brie. Ahora miraba con confianza pero también con mucho respeto al regidor de Cirauqui, designado para el cargo por su sabiduría y sentido de la justicia. Cuando recibió permiso para hablar, comenzó con nerviosismo a contar su historia:

    - Señor… señor, yo… es que… verá… usted sabe que, aunque nací en Cirauqui, hace más de un año que sirvo en la granja de los templarios.
    - El regidor asintió, sonrió y con un bondadoso gesto de su mano animó a la niña a continuar -
    - Pues bien, señor, ayer… ayer yo estaba colocando trampas para atrapar ratas en la despensa cuando el administrador, el señor de Brie, entró en la cocina y se puso a hablar con la cocinera sin saber que yo escuchaba. Le contó la idea del obispo sobre el duelo ése del vino…
    - el regidor volvió a asentir y miró con interés a la joven -
    - Bueno, el caso es que le informó que ella representaría a la Orden, dijo también que las condiciones eran que los representantes de cada parte llenarían los cántaros de la parte contraria para evitar las trampas… pero luego, señor… luego le ordenó que echase pelos en el pellejo de vino con el que se iba a llenar el cántaro de los de Cirauqui para que se atragantase la bebedora y ganara la Orden. Y esta mañana… esta mañana cuando fui a mirar las trampas para ratas que había colocado encontré a la cocinera con una en la mano arrancándole pelos, señor.
    - una mueca de repulsión se dibujó en el rostro del regidor pero rápidamente se repuso y, sonriendo, tomó a la niña en brazos y colocándola a su altura la miró a los ojos y le dijo:

    - Bien, Juanita, quiero que estés tranquila. Has hecho lo que debías y nadie sabrá que me has contado esto. Ahora vete a la cocina y que te den un rico almuerzo.


Así que el joven Brie quería engañarlos. No podía denunciarlo ante el Comendador. Éste era un hombre justo pero también orgulloso y, sobre todo, poderoso. No quería arriesgarse a un enfrentamiento con él. Tendría que ser mucho más sutil. Y entonces recordó al malabarista que pocos días antes había pasado por el pueblo. Se dedicaba a viajar entreteniendo a los peregrinos con sus juegos y trucos. Él mismo le había visto hacer desaparecer una gallina delante de sus narices. Sabía que se encontraba en Puente la Reina, ya que no había peregrino que no contase alguna de sus hazañas. Tal vez podría ayudarlos. El regidor tomó su mula y se puso en camino.

Un ambiente festivo reinaba el día previsto para el duelo. Gentes de los alrededores atiborraban el descampado en que se celebraría. Una mesa cubierta con un mantel que llegaba hasta el suelo había sido dispuesta para acoger los dos cántaros. El obispo había llegado desde Pamplona para ejercer como juez y el malabarista actuaba como maestro de ceremonia recitando un poema compuesto para la ocasión sin parar de saltar y bailar. Cuando los representantes de cada contendiente llenaron los cántaros del contrario, el malabarista hizo un último juego y por una décima de segundo cubrió con su cuerpo los cántaros. Luego se retiró, el obispo tomó un sorbo de cada uno, dio su aprobación y comenzó el duelo. La cocinera de Mañeru bebía sosegada y tranquila, a la espera de que su rival se atragantase. Sin embargo, la representante de Cirauqui tragaba y tragaba sin separar ni un momento los labios del cántaro hasta que lo presentó ante el obispo completamente vacío. El obispo miró en el interior y levantó el brazo con una sonrisa. La muchedumbre reunida estalló en vítores. Cirauqui había ganado.

Años después el regidor recordaba los acontecimientos. Nunca supo cómo lo hizo el malabarista; el caso es que finalizado el duelo y cuando la campa estaba ya vacía, sacó de debajo de la mesa, tapado por el mantel, otro cántaro de vino en el que se veían flotar unos pelitos. Ahora lo que no comprendía el regidor era cómo se había corrido la voz de que en el cántaro de Cirauqui aquel día había una rata.